domingo, 12 de marzo de 2023

Cuando Albert Einstein estuvo 50 horas en Zaragoza

Albert Einstein llegó a Barcelona un 22 de febrero de 1923. Apareció “de incógnito” por iniciativa del profesor Esteban Cerradas e Illa. Había sido invitado a pronunciar tres conferencias “esquemáticas” sobre sus últimos descubrimientos. Dos años antes había recibido el premio Nobel de Física, pero no por sus teorías sobre la relatividad -formuladas por primera vez en 1905 y ampliadas de manera definitiva una década después, en concreto en 1916, con su teoría de la gravitación y el principio de la relatividad general-, sino “por sus méritos en el campo de la física teórica, y especialmente por sus descubrimientos de la ley del efecto fotoeléctrico”. 

Habían cambiado algunas cosas en su existencia: se había separado de su esposa y colaboradora muy directa Milena Marec (a ella destinó la mitad del premio de la academia sueca; la otra mitad fue para una organización de caridad), y se había unido a su prima Elsa, divorciada y madre de dos hijos.

Según cuentan los periódicos de la época -Javier Turrión ha realizado un exhaustivo trabajo de recopilación de las notas aparecidas en la prensa en el segundo tomo de su libro eminentemente científico: “Einstein. II. El tiempo propio” (Unaluna)-, Einstein se instaló en una fonda modesta, pero el dueño lo reconoció de inmediato y pensó que su humilde establecimiento era indigno de un personaje así y lo llevó al hotel Colón. Fue recibido en el ayuntamiento de la ciudad y desplegó una intensa actividad. Desde Barcelona, en tren, el sabio se trasladó a Madrid, donde impartiría tres conferencias sobre sus últimos descubrimientos en la Universidad Central, en el aula de Física.

EN MADRID CON JULIO PALACIOS  

Fue acogido por numerosos profesores, Blas Cabrera, entre ellos. El seis de marzo realizó un viaje a Toledo, y confesó en público y en privado -solía hablar en francés y a veces en su lengua, el alemán- que aquel “había sido uno de los días más hermosos de su vida”. Dijo que Toledo era como un cuento de hadas y se quedó fascinado ante la obra de El Greco. Visitó el Museo del Prado, pero también la Residencia de Estudiantes, donde se hizo fotos con los catedráticos, y entre ellos aparece el físico aragonés de Paniza Julio Palacios, que desplegó una labor increíble como científico, viajero y gramático, y fue uno de los pocos españoles que rechazó la teoría de la relatividad de Einstein, hasta el punto que casi al final de su vida publicó el libro “Relatividad, una nueva teoría” (1960). Javier Turrión exhuma un fragmento del “Diario de viaje de Einstein”, donde se puede leer con fecha del nueve de marzo: “Viaje a las montañas y Escorial. Un día maravilloso. Por la tarde, una recepción en la Residencia, con discursos por Ortega y por mí”.

Durante su estancia en Madrid, Albert Einstein recibió dos nuevas peticiones: una de Valencia, para que diese allí un ciclo de charlas, que rechazó, y otra de la Academia de Ciencias de Zaragoza, que aceptó. El doce de marzo salió de la capital de España y llegó aquí, donde le fueron a recibir, entre otros, el profesor Antonio de Gregorio y Rocasolano, que era una institución en la ciudad y acababa de recibir la Cruz de Alfonso X el Sabio.

La lista de personalidades era amplia; estaba el cónsul y fotógrafo Gustavo Freudenthal con su joven y “hermosa” hija Margarita, que le regaló un ramo de flores a Elsa. Había estudiantes y algunos súbditos alemanes. El catedrático Jerónimo Vecino hizo de maestro de ceremonias: presentó a los Einstein a las autoridades. Iban a permanecer aquí alrededor 50 horas, antes de partir hacia Bilbao. Abandonaron la estación con su séquito en un coche de alcaldía y se trasladaron al hotel Universo. El programa iba a ser muy apretado. ¿Cómo era en realidad aquel sabio? Los periodistas, tanto de HERALDO como de “El Noticiero”, se fijaron no sólo en la dimensión y en la profundidad de su pensamiento (en ocasiones parecían pedir casi disculpas a los lectores por no entender las cosas que decía, aunque no obviaron los pormenores de su ciencia. Escribe uno: “Yo no lo entiendo, pero es una eminencia”), sino en el perfil inmediato del hombre: fumaba mucho, pero no bebía alcohol ni café, dijo que dormía de nueve a once horas diarias, y glosó la importancia de Ramón y Cajal; además se confesó lector de William Shakespeare y de Cervantes, tanto de sus “Novelas ejemplares” como de “El Quijote”, y expresó que su autor poseía “un humor encantador”. Otro periodista observó que “su voz es muy simpática, dulce, modesta y melodiosa”.

DOS CONFERENCIAS  

La primera conferencia la impartió, a las dos horas de haber llegado a Zaragoza, en el salón de actos de la Facultad de Medicina, abarrotado de público. Presidieron el acto el rector Ricardo Royo Vilanova, el general Mayandía, el decano Gonzalo Calamita, Lorenzo Pardo, secretario de la Academia de Ciencias (que lo nombraría académico correspondiente), el citado Antonio de Gregorio Rocasolano, presidente a su vez de la institución, y Jerónimo Vecino, que explicó la importancia de su figura. Y Einstein abordó, en un francés nítido y sencillo, “algunos rasgos salientes de su teoría de la relatividad”. Citó la relatividad filosófica e invocó a Galileo, Copérnico, Newton y Kepler. Clausuró el acto Lorenzo Pardo, quien recordó que “los laboratorios de Zaragoza han trabajado varias veces sobre los notables estudios del físico ilustre”.

Esa noche, en los salones del consulado alemán (que estaba en el Coso, donde está ahora el Savoy), se celebró una fiesta “con gran distinción”. Recoge Turrión que De Gregorio Rocasolano “excusó su asistencia por el luto debido al reciente fallecimiento de su hermano”. El detalle más emotivo de la noche correspondió al momento en que “el sabio alemán lució su arte maravilloso con el violín, acompañándolo al piano la señorita Castillo. A la fiesta, que resultó agradabilísima, asistieron además de los citados, la señora Castillo, los señores de Bescós y otras varias damas y caballeros, cuyos nombres no citamos por incurrir en lamentables omisiones. Al final se sirvió un cava de honor brindando el Freudenthal por el doctor Einstein y su distinguida esposa, y el sabio alemán por la prosperidad de España y Alemania”, según publicó “El Noticiero”. Jerónimo Vecino haría al día siguiente una síntesis del pensamiento científico del sabio en un artículo aparecido en las páginas de este diario donde se conjugaba el rigor y la amenidad.

LA ESTRUCTURA DEL ESPACIO

La segunda conferencia del profesor alemán de Ulm la impartió en el mismo lugar, hacia las 18.15 horas, que tuvo una asistencia algo menor, pero idéntico entusiasmo y fue “más bella si cabe, al decir de los inteligentes, que la primera”. Versó sobre la estructura del espacio. En el acto participó un alumno de Ciencias, Sanz, que ofreció a Einstein el fruto de “una colecta hecha entre la simpática y siempre altruista masa escolar, con destino a mitigar la penuria de sus hermanos de las Universidades alemanas”.

Se produjo una anécdota deliciosa: Einstein realizó ecuaciones, garabatos y dibujos sobre la pizarra. El rector Royo Villanova dijo que le gustaría eternizar ese momento. El cronista de HERALDO escribió: “Para que quede algo perenne y constante del paso de Einstein por la Universidad, dijo Royo, he rogado al sabio profesor que no borre y avalore con su firma los dibujos hechos en las pizarras durante la conferencia. Éstos serán convenientemente fijados y conservados a fin de poder mostrarlos a las generaciones venideras, como reliquias de la fecha de hoy”.

El periódico “El Día” también se hizo eco del acto. Su redactor Emilio, en la sección “Cuartillas de un mundano”, escribe con gran sentido del humor: “El sabio profesor se adelanta a la pizarra. Todas las respiraciones quedan cortadas para no perder sílaba de lo que allí se va a decir. En la concurrencia figuran bastantes señoras. (...) El salón de actos de la Facultad parece más solemne y severo que nunca. Es un sabio. Todo un sabio de verdad quien emite sus ideas revolucionarias sobre algo abstracto. Para la mayoría de los oyentes, toda aquella larga disertación viene a ser algo así como un jeroglífico. Sin embargo, nadie pierde detalle. Los rostros presentan una angustiosa sensación de querer comprender todo lo intrincado de aquellas palabras. No se siente el vuelo de una mosca. (...) Hay algún oyente que pretende escabullirse del salón. En su cerebro, la teoría de la relatividad ha tomado posiciones que pesan demasiado sobre la sustancia gris. Cautelosamente llega a la puerta del salón. El profesor queda ante la pizarra. Pero estas cosas o se organizan bien o no se llevan a cabo. Y el oyente comprueba espantado que la puerta del salón está cerrada mientras dure la conferencia. Para que no se escape nadie... ¡Oh, admirable espíritu organizador!... ¡Cómo nos ha conocido a todos!... Einstein sigue perorando”.

Javier Turrión, profesor de Física Química, valenciano del 47 pero afincado en Zaragoza, no sin un fino sentido del humor, anota que de forma mucho más discreta, las secretarías registraron las cuentas de la presencia del sabio en Zaragoza. Percibió 575 pesetas por cada conferencia y 250 pesetas más para gastos. Einstein, un enamorado de la arquitectura y del arte en general, no sólo impartió dos conferencias, sino que quiso conocer la ciudad y visitó el ya famoso laboratorio de Investigaciones Bioquímicas del profesor Antonio de Gregorio Rocasolano, que también había recibido a otros sabios europeos como Zsigmondy y Sabatier, como podemos ver en el libro “Una década de política de investigación en Aragón (1984-1993)” (DGA, 1993).

La mañana del trece de marzo, el día de su segunda conferencia, Albert y Elsa Einstien visitaron “los principales monumentos artísticos”. Estuvieron, con sus anfitriones, en la Basílica del Pilar, donde visitaron “el valioso joyero de la Virgen. La visita a La Seo fue muy detenida, y de ella salió entusiasmado el ilustre huésped”. Todas las crónicas insisten en la admiración que le suscitó la catedral de El Salvador. También estuvo en la Lonja y en el palacio de la Aljafería. También realizó pequeños paseos, en coche y a pie, por las afueras de la ciudad, por las huertas.

Y al mediodía, las autoridades de Zaragoza le ofrecieron un “espléndido banquete” en el Casino Mercantil, en el cual estuvieron el alcalde señor Fernández, el gobernador Fernández Cobos y el cónsul Freudenthal. En ese acto, el catedrático rindió honores en “correcto alemán” a Einstein, quien había mostrado “visible complacencia” y agradeció cuánto había en sus palabras de “lisonjero para su patria y para él”. Dijo que en Madrid y Barcelona había vivido el encanto de nuestro arte, “que tan bien expresa nuestra personalidad, pero que era en Zaragoza donde, admirando los monumentos arquitectónicos, había encontrado una expresión más robusta y elocuente de nuestra fisonomía regional. Y refiriéndose a los buenos deseos del Dr. Miral, abundó en la confianza de que se llegue a salvar la crisis de Alemania para hacer posible la urgentemente necesaria reconstitución de Europa”. Estos fueron palabras aparecidas en “El Noticiero”.

“EL ALMA DE ESPAÑA”

HERALDO observó también otros detalles como la vibración sentimental del sabio ante el compás de la jota. Los Einstein coincidieron aquí con un gran pianista, compatriota suyo, Saüer. A los postres del almuerzo, fueron sorprendidos con la incorporación de una rondalla. Anota el cronista: “Dos baturricas jóvenes, casi unas niñas, cantaron y bailaron nuestro bravo, armonioso himno inmortal. Y Einstein, el calculador, el hombre especulativo, sumido, de ordinario, en las grandes abstracciones y las grandes complejidades de la ciencia física, se emocionó profundamente, y, abrazándola, besó en la frente a una de las cantadoras, con un gesto entre admirativo y paternal. Fue un momento interesantísimo, que Einstein quiso perpetuar, retratándose con la pequeña jotera en su regazo”. Y la nota finaliza con una observación semejante a la anterior: Einstein sintió en Zaragoza más que en ningún otro lugar el pálpito del “alma de España”.

El catorce, en el rápido de la tarde, los Einstein, Elsa y Albert, partieron hacia Bilbao poniendo punto y final a su breve periplo zaragozano.

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