lunes, 16 de noviembre de 2020

Vacunas

El químico, físico​, matemático​ y bacteriólogo francés, Louis Pasteur, fue quien acuñó y popularizó el término  vacuna en 1881, como referencia al preparado orgánico conteniendo un virus y que es inoculado a personas y animales como modo de defensa ante una determinada enfermedad.

Le puso ese nombre en honor al trabajo desarrollado un siglo antes por el médico rural inglés, Edward Jenner, quien fue el primero en descubrir el remedio eficaz para combatir la ‘viruela bovina’ que afectaba a numerosos granjeros del condado de Gloucester, pero casualmente no a las personas que ordeñaban a las vacas.

 

Al provenir la enfermedad de las vacas, le dio al remedio un término en latín referido a esos rumiantes: vaccine (término que provenía de vacca).

 

domingo, 8 de noviembre de 2020

Pucherazo

En los pasados días, a raíz de las elecciones presidenciales en Estados Unidos, hemos escuchado y leído en todos los medios y redes sociales que se repetía el término ‘pucherazo’, en relación a una posible alteración en los resultados del estado de Wisconsin tras el recuento de los votos que favorecía al candidato demócrata, Joe Biden.

Este término, cuya acepción en el diccionario de la RAE es: "Fraude electoral que consiste en alterar el resultado del escrutinio de votos", añadiendo que la expresión ‘Dar pucherazo’ (o ‘Dar un pucherazo’) significa "computar votos no emitidos en una elección".

 

Tanto el término como la expresión para hacer referencia a ese tipo de fraude, se originaron en el último cuarto del siglo XIX, tras la restauración de la monarquía borbónica y en la que los dos grandes partidos en España en aquella época (conservadores y liberales) pactaron irse turnando en el poder, sin dar posibilidad alguna de gobernar a otras formaciones políticas (moderados, progresistas y republicanos).

El rey Alfonso XII, en connivencia con los líderes del Partido Liberal y el Partido Conservador (Práxedes Mateo Sagasta y Antonio Cánovas del Castillo), iba disolviendo las Cortes cada cierto tiempo, acordado previamente entre ellos, y se convocaban unas nuevas elecciones, que eran manipuladas para que en el recuento de votos saliera ganador aquel candidato del otro partido que no estaba gobernando hasta ese momento y la siguiente vez a la inversa. Y así, una y otra vez durante las siguientes décadas.

Así pues, se tenía guardadas unas papeletas, del partido que debía ganar esas elecciones y en base a la cantidad que se necesitaban para la mayoría se extraían, en una especie de urna y muchos son quienes indican que semejante a un puchero u olla de cocina, surgiendo de ahí el término ‘pucherazo’.

martes, 3 de noviembre de 2020

¿Por qué las elecciones presidenciales de EE. UU. se celebran en martes?

Hoy, 3 de noviembre de 2020, millones de ciudadanos estadounidenses están llamados a acudir a las urnas, por la celebración de las elecciones presidenciales. El martes 3 de noviembre no es fruto de la casualidad, ni mucho menos es una fecha que fue elegida recientemente, sino que se estableció por norma legislativa hace 171 años cuándo debe caer exactamente la fecha de todas las elecciones (siempre y cuando no se modifique constitucionalmente en el futuro).

La elección de la fecha para ir a votar hoy en día nos podría resultar enrevesada e incluso ridícula, pero en su día tenía una explicación lógica.

Fue el 23 de enero de 1845 cuando se estableció la fecha en la que los electores deberían acudir a las urnas a elegir al nuevo presidente. Para ello, se tuvieron en cuenta una serie de factores y variables como por ejemplo la climatología y disponibilidad de los electores para poder desplazarse.

 

La mayoría de los norteamericanos en aquella época se dedicaba a la agricultura, por lo que había que descartar los meses comprendidos entre marzo y octubre, pues eran los de mayor actividad laboral (los que iban desde la siembra a la recolección). Desde mediados de diciembre hasta final de febrero quedaba descartado por motivos meteorológicos: era invierno y el traslado hasta las sedes del condado donde se emitían los votos sería dificultoso, además de que el frio provocaría que muchos electores se quedaran en sus casas en lugar de ir a votar.

De ahí que se decidiera que la mejor época para llevarse a cabo las elecciones era dentro de los primeros días del mes de noviembre, unos días en los que en la mayoría de los Estados Unidos las temperaturas todavía son suaves. Otro motivo era porque así también daría tiempo a que, trascurridas cuatro semanas que marcaba la ley y con escrutinio ya terminado, se pudieran reunir los representantes escogidos y éstos podrían decidir quién era el presidente electo que tomaría posesión el 4 de marzo (el 20 de enero desde 1937).

El siguiente paso era decidir qué día concreto (dentro de los primeros días de noviembre) sería el escogido para ir a votar. Teniendo en cuenta que para acudir a ejercer el voto eran muchos los ciudadanos que vivían en entornos rurales que necesitarían un día de ida y otro de vuelta, se empezó a descartar días no viables para ellos: el lunes no podía ser porque el domingo era día de culto religioso y por tanto no se podía salir de viaje. El miércoles era día de mercado en todas las poblaciones y por tanto ese día tampoco se salía de viaje, lo que provocaba que el jueves también quedase descartado. El viernes tampoco podía ser porque el viaje de regreso se hubiese tenido que realizar en sábado (también día de culto religioso, en una época en la que la devoción religiosa era lo más importante para los ciudadanos). Por tanto el único día viable que quedaba era el martes, pero no podía ser cualquier martes, ya que este no podía caer en día 1 de noviembre (día de Todos los Santos, fecha no festiva en EE. UU. ni de culto religioso, por lo que se respetaba el día para honrar a los difuntos pero se daba libertad para partir de viaje).

Así pues, de esta manera tan rebuscada, fue cómo se escogió el día en que debían caer las elecciones y que este fuera el martes posterior al primer lunes de noviembre.